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THE LORD IS NEAR 2020

 
30/03/2020

Monday



March



30



You shall not remove your neighbor’s landmark, which the men of old have set, in your inheritance which you will inherit in the land that the

Lord

your God is giving you to possess.       

Deuteronomy 19:14

NKJV



Do We Know Our Landmarks?



The landmark is used to determine limits. For the people of Israel it delimited each one’s portion in the promised land. To remove a landmark was to steal the inheritance of another, and to deprive him of his rightful possession and enjoyment.



We find similar expressions in Proverbs 22:28: “Do not remove the ancient landmark which your fathers have set.” The expression “ancient landmark” is a beautiful picture of what God has established, for “holy men of God spoke as they were moved by the Holy Spirit”

(2 Pet. 1:21)

. When man comes in to establish things that God has not, it is actually removing the landmark.



There is a practical application for us in this instruction. Our inheritance and blessings are in Christ

(Eph. 1:3)

. These spiritual blessings are known to us by the Word of God. There are many of them, like salvation by grace and through faith, the security of the believer, and the coming of Christ, just to name a few. But if someone adds or removes something from the Word of God, it is like removing our neighbor’s landmark. By altering the Word of God I am altering the other’s capacity to know what his exact possession in Christ is. How many false teachers today preach an adulterated gospel and doctrines that are not according to the Word of God for their own personal profit!



On a positive note, we should not only be careful not to remove a landmark, but we should be of help to all believers to see precisely where the landmarks are—so that they know well their spiritual blessings in the heavenlies in Christ and their blessed inheritance—so that all together we can say: “The lines have fallen to me in pleasant places; Yes, I have a good inheritance”

(Ps. 16:6)

.



Alexandre Leclerc








30/03/2020

Lunes 30 Marzo

Ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo (Filipenses 3:8)

Nuestros deseos revelan nuestro carácter. El más sabio de los hom- bres dijo: “Porque cual es su pensamiento en su corazón, tal es él” (Pr. 23:7). Y hoy en día, esto sigue siendo cierto. Hay momentos tan solemnes y agotadores, que un deseo expresado en tales cir- cunstancias logra revelar lo que hay en lo más profundo de nuestro ser. Nuestros deseos describen lo que somos en las profundidades ocultas de nuestra alma. Esto también sucede cuando tenemos que hacer frente a la muerte o cuando amigos que nos son queridos par- ten de este mundo para no verlos más. Esto se produce en momen- tos de grandes crisis espirituales o en duras pruebas.

Estando en prisión, Pablo expresó cuál era el mayor deseo de su alma (Fil. 3:8-14), dejando al descubierto lo más profundo de su ser. Cuando leemos estas palabras es como si pudiésemos sentir los lati- dos de su corazón y lo intenso de su deseo. Estaba llegando al fin de una vida ocupada y agitada. Sin duda que se trataba de un momento de gran solemnidad. Y lo es también para nosotros cuando llega- mos al final de nuestros días y nuestros ojos ansiosos miran hacia la vasta eternidad. En ese momento el trabajo cesará y las cosas se manifestarán tal como son, y todas las actividades del pasado ya no se podrán modificar, sean estas aprobadas o condenadas.

Cristo cautivó el corazón del apóstol. Él estimó todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, su Señor (v. 8). Pablo no retuvo nada y nada lo retuvo a él, sin importar que tan áspero haya sido el camino que lo llevaba a la meta. Poco importaba qué tan escarpada fuese la montaña o si el camino lo conducía a través de la misma muerte, él lo iba a seguir hasta el fin. Sin duda que sería un final amargo, pero sería, al mismo tiempo, un glorioso comienzo al entrar en la eternidad.

A. J. Pollock